Voca divino

Nos dicen cualquier cosa y lo asimilamos, por eso nos gobierna cualquier badulaque. El problema no es solo desconocer el significado de las palabras clave, sino ser incapaces de advertir los términos divinos. Merecen ensayistería.

Ahora que ya pasó la ansiedad colectiva por descubrir qué vedettes ocuparán el próximo rectorado de la UNaM, podemos aprovechar este pequeño paréntesis entre la semana de lucha universitaria y la marcha federal del 12 de mayo para intentar aclarar algunas cosas.

Cada día son más los bobos que nunca participan de nada ni hacen nada ni se la juegan por nada, pero les gusta decir que la asamblea no sirve, el paro es para vagar y las elecciones no valen la pena porque todos tienen intereses mezquinos.

Especialmente, porque el paréntesis evita caer en la costumbre universitaria de destrozar a cualquiera que todavía ponga el lomo en una asamblea, una protesta o una elección sindical.

La comunidad universitaria viene expresando el malestar por el ajuste de mil maneras distintas. Tenemos litros de tinta, toneladas de tóner y cantidades industriales de almacenamiento digital diciendo lo mismo: que la universidad se está vaciando. O, como prefieren decir los pastores psicoemocionales, «ejercemos el decir». La esperanza infantil de que del otro lado exista alguien dispuesto a «ejercer el escuchar». En este caso, el Gobierno nacional.

De cualquier modo, las palabras no cambian al mundo ni a la gente. Las palabras no cambian nada. Ni a la realidad ni a uno mismo. No así, de sopetón y como lo proponen los coaching ontológicos. No. Largo camino tiene el pensamiento sobre la relación entre las palabras y las cosas, entre lo declarado y lo hecho, lo representado y el objeto.

Que el profe Waldorf diga «las palabras hacen al mundo y lo transforman» es otra cosa. Es terreno de la fe antes que del pensamiento. Más esperanza que voluntad de alterar la realidad.

Existe una vieja obsesión humana por creer que nombrar algo equivale a crearlo o transformarlo. Que primero fue el verbo. Que el lenguaje ordena el mundo. Que la realidad se deja domesticar por consignas, documentos o posteos en redes sociales.

Pero el mundo no se dice, se balbucea; y, los días de suerte, nuestra red de palabras atrapa alguna esquirla de realidad, aunque nunca estemos seguros de si realmente es eso.

Toda esta introducción pomposa solo intenta llegar a algo bastante más modesto: el vocabulario sindical y político de la UNaM. Más específicamente, algunas palabras que circulan con naturalidad pero sus significados se deforman hasta convertirse en pequeñas piezas de utilería ideológica. Términos divinosGod-terms es un concepto creado por Kenneth Burke en Una gramática de los motivos (1945), sin alcanzar nunca una aplicación académica extendida. Burke denominó god terms a las palabras que gozan de legitimidad simbólica y carga emocional, capaces de jerarquizar enunciados, producir sintagmas estructurantes en un discurso y organizarlo. Estos términos no necesariamente tienen demasiado sentido ni correlación con la realidad, pero funcionan. (o palabras divinas).

1No hace mucho, en el chat de UDUM, el gremio más sedentario de la UNaM, el Javo Gortari sostuvo que no conviene confrontar con el Gobierno nacional y que la mejor estrategia consiste en ganarse la simpatía de la sociedad trabajando más, con la universidad abierta y los estudiantes en las aulas.

Nuestro Javo, el que sugirió que el ajuste en Smaunam —en manos de su cuate Jorge «Doble Sueldo» López— se amortigüe aumentando la cuota a los afiliados. Fue de los que puso el cuerpo contra los estudiantes para evitar la toma de  Humanidades. Postura que tuvo su expresión en la asamblea con el secre de UDUM, Cazzaniga, y la subsecretaria de DDHH por Fatun, Lia Rojo, de Apunam.

Hasta ahí podría tratarse apenas de otra postura resignada frente al ajuste.

Una más entre tantas posiciones de la cúpula universitaria (CIN, Yacobitti, Álvarez), que pretende que el ajuste lo paguen los trabajadores y los estudiantes, que sigan aguantando sin alterar la normalidad institucional.

Lo curioso es el vocabulario que pretende justificar esa posición: una especie de guerrilla guevarista, atacar corte comando el flanco más débil del enemigo y abandonar el territorio, reduciendo al mínimo «las bajas».

Un foquismo de profes Siruela sin armas, sin entrenamiento y sin más objetivo que seguir en actividad y dejar pasar el ajuste.

El problema no es solo político. También es semántico.

Porque el lenguaje conserva huellas de las prácticas que nombra. Y usar categorías asociadas a la confrontación para justificar la adaptación termina produciendo escenas involuntariamente cómicas.

2Adunam revivió las asambleas y decidió hacer paro activo para la semana del 27 de abril. El gremio más dinámico de la UNaM tuvo un ataque de activismo y democracia. Uno de los primeros volantes de agitación incluyó una ristra de prácticas que terminó incomodando a la comunidad universitaria que hace mucho tiempo ni siquiera las menciona o las conoce.

El acatamiento al paro activo fue bajo, incluso en actividades blandas que no comprometían relaciones políticas y apenas expresaron disconformidad. Aun así, fueron presentadas como medidas de fuerza y acción directa. Entre ellas, una maratón de ajedrez: gente en silencio, sentada y con la cabeza gacha. Una metáfora perfecta de batalla universitaria: sin peligro ni barullo.

Lo curioso fue la conceptualización del paro activo: una medida de fuerza que no detiene la actividad, sino que la hace a cielo abierto para visibilizar el problema. También incorpora formas suaves de protesta que nada tienen que ver con las tipologías clásicas del paro.

Tenemos otro término divino.

3El Primero de Mayo volvió a exhibir la vieja grieta. Por un lado, quienes conmemoran las luchas obreras, la conquista de derechos y la emancipación de clase. Por otro, quienes reivindican el esfuerzo y la satisfacción del trabajo realizado para el patrón.

El abismo entre trabajadores y servidumbre; entre el sujeto político y el Empleado del Mes preocupado por hacer bien el mate del jefe.

Basta escuchar a decanos y rectores: desde Martí hasta Katogui reaparece el mismo vocabulario meritocráticoEl equipo de Bohren y Katogui introdujo el término emprendedurismo en la planificación institucional y, en un taller sobre calidad universitaria, el especialista Pérez Rasetti no pudo contener la risa mientras lo comentaba. sobre el «buen» trabajador y estudiante: esfuerzo, mérito, identidad institucional, disciplina y obediencia como sustitutos de la problematización y la política.

Ese vocabulario aparece todos los días en la universidad: gestión antes que política, trabajo antes que militancia, cumplimiento antes que crítica.

Desde discursos decanales hasta ciertas apelaciones a «ponerse la camiseta», la escena se repite una y otra vez: esfuerzo, mérito, identidad institucional y disciplina como sustitutos del conflicto social.

4Esta mañana, la candidata a vice de la lista única, Gisela Spasiuk, actual secretaria académica, dio una entrevista y recurrió al inagotable término divino del «acuerdo y consenso» como expresión máxima de la democracia, aunque suprima el acto electoral y el acuerdo sea entre algunos pocos lobistas y dirigentes universitarios que no quieren dejar sus decanatos o cargos.

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Me avisa

Siendo francos, el problema no recae exclusivamente en la palabra divina. Aunque haya otra lista, la hegemonía de la coalición gobernante Convergencia, Unidad y Compromiso es indiscutible, aplastaría a cualquier contrincante electoral. Llevan 20 años achatando trabajadores, entre clientela y analfabetización política.

 

VOCA

bulario y entendimiento van de la mano. Y el entendimiento sí puede modificar la realidad porque permite organizar ideas, construir estrategias y reconocer qué estamos haciendo realmente.

Las palabras no significan cualquier cosa que queramos imponerles. Arrastran historias, prácticas y conflictos.

Los gobiernos dictatoriales, autoritarismos municipales y microfascismos han demostrado que la manipulación del vocabulario no materializa sus caprichos. Censuras y desplazamientos semánticos solo dejaron nuevas formas de producción de sentido y una risa infinita.

También del otro lado sabemos que el vocabulario no consolida las conquistas. Tantos años hablando con la e, creyendo que combatíamos al capital patriarcal, para que llegue cualquier tarado a disolver la Subsecretaría de Protección contra la Violencia de Género, lo que quedaba del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, y solo podamos usar la e sostenida al mejor estilo maradoniano cargado de Rivotril.

Por eso las palabras divinas resultan peligrosas: no aclaran, encubren, disuaden. Funcionan como maquillaje conceptual para suavizar derrotas, evitar discusiones o administrar impotencias.

El caso de la guerrilla Siruela es una alegoría de risa. No por la inexistencia de una coyuntura sociopolítica que propicie la lucha armada de ideas (batalla cultural con la pluma y la palabra), sino por la imposibilidad de un foquismo insurreccional de cualquier tipo en nuestra coyuntura actual: la mansedumbre cultivada con desmantelamiento de espacios democráticos nos volvió incapaces de organizarnos y reaccionar.

Cuando la situación de los trabajadores se vuelve precaria y el sindicato agota la negociación, aparecen las medidas de acción directa, sin mediar palabra: formas de presión por fuera de los canales institucionales, desde huelgas y asambleas hasta piquetes, tomas, trabajo a reglamento o sabotajes.

El caso del paro activo es más complejo porque la coyuntura lo hace posible. A diferencia del levantamiento armado de grupos autoorganizados para una confrontación tan extrema como las condiciones a las que responde, el paro es una medida de fuerza sindical que tiene marco legal (la huelga) y garantías de ejecución, siendo su motivación un conflicto que no encuentra resolución por vías institucionales (paritarias, administrativas o legales).

No hay una enciclopedia universal sindical, pero sí un uso históricamente extendido de las palabras asociadas a prácticas precisas en contextos conflictivos inequívocos.

En cualquier lugar del mundo, el paro es una medida de fuerza colectiva que consiste en la suspensión de la actividad productiva para alterar una relación de fuerzas desigual, perjudicial para los trabajadores.

La acción sindical que no suspende completamente la actividad o rota por sectores suele llamarse paro parcial, aunque el efecto real apenas se diferencia de medidas de bajo impacto como brazos caídos, quite de colaboración o trabajo a reglamento. Otro término divino para maquillar la flacidez muscular.

El paro activo, sea enmarcado en la huelga o como medida de acción directa breve, agrega la ejecución de acciones de protesta durante el horario laboral, dentro o fuera del lugar de trabajo. Involucra la reapropiación del espacio para exponer el problema y escalar todavía más el conflicto.

No existe el paro que no para, sea activo o pasivo o contemplativo. En este sentido, el uso del término es engañoso, infla una actividad para deslumbrar. Es una palabra divina.

La discusión atolondrada sobre el paro dominguero agrava la confusión: por no entender el sentido de la medida ni el significado de las palabras, rechazamos parar y terminamos trabajando más, y en peores condiciones. Un problema menos de entendimiento político que de desorientación cognitiva.

Si la medida adoptada por los trabajadores universitarios para exigir el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Educativo apenas suspende una parte de la productividad y es ejecutada por una pequeña porción de los trabajadores, no es ni paro ni es activo: es obedecer a la Reforma Laboral de Milei.

Si la medida de acción directa consiste en clases al aire libre, expedientes en la pradera, investigación en la vereda y no afecta a la relación de fuerzas ni aumenta la conflictividad, no es una medida ni es acción ni directa ni indirecta. Y no hay nada vergonzoso en admitirlo.

Si no hay fuerza y determinación para hacer un paro, hay que construirla. Si la organización actual solo posibilita hacer actividades simbólicas, recitales, ferias o intervenciones oblicuas, entonces ese es el punto de partida real. Caretear épica sindical no fortalece ninguna lucha.

Vergüenza debería dar flashear paro activo y posar como Agustín Tosco mientras el ajuste universitario te pasa por encima y seguís completando expedientes en la vereda y subiendo fotos de «Yo ya luché».

Nada más argel que oficiar de sommelier de actividades de protesta. No tiene que ver con eso. Tampoco con que dejen de hacerse estas o aquellas actividades de visibilización. Tiene que ver con el entendimiento. El problema no es moral ni estético. Es político y conceptual. Es estratégico poder responder con fuerza proporcional a las agresiones.

Mientras el Gobierno incumple la ley y luchamos por defender la educación, las instituciones y la democracia, en nuestras narices vemos desvanecerse otra vez las elecciones generales universitarias. La muy posible reasunción de facto de la coalición gobernante sin pasar por las urnas es el indicador del fracaso político.

No hace falta agregar mucho más al término divino «acuerdo y consenso» con el que nos convencen de que suspender el sufragio y la disidencia es lo mejor. Desconocer la forma más extendida mundialmente para elegir representantes en casi todas las formas de organización delegativas es más que preocupante. Y que tenga lugar una burrada alienada y alienante como nuestra palabra divina es insólito.

No es rara, entonces, nuestra forma «de lucha». Abajo se naturalizan prácticas políticas débiles y concesivas que socavan nuestra organización política institucional y sindical, pero nosotros apuntamos arriba, a la cabeza del Gobierno, con nuestras pistolas de burbujas y talismanes.

Existe en la poesía algo que va más allá de nuestro problema de vocabulario: la insuficiencia lingüística. Una ontología de la carencia.

Alejandra Pizarnik escribió alguna vez En esta noche, en este mundo,

si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?

Supongamos que en nuestro paro activo organizamos un recital de poesía fuera del horario laboral y, cuando nos toca entrar en escena, recitamos con voz profunda:

si digo paro ¿pararé?
si digo activo ¿activaré?
si digo lucha ¿lucharé?

El desconsuelo traerá entendimiento y el entendimiento respuestas concretas y contundentes, pero no la solución. El desconsuelo solo es el mensajero con el vocabulario preciso. Una herramienta útil. Agítese bien antes de usar y hágalo usted mismo.

Dosis de humor (si es posible)

Aviso urgente

PICÁ y MIRÁ

Fijate bien las condiciones antes de engolosinarte con esta liquidación irracional de mi biblioteca.