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El bosquejo que cada día importa menos, pero existe aunque no queramos.
Tabla de contenidos
Si producir cualquier cosa sin recursos es difícil, más todavía lo es producir un espacio de comunicación que no sea rentable. Y cuando digo «sin recursos» me refiero a los económicos, técnicos e intelectuales. Y con rentable, a que no es capitalizable de ninguna manera. O al menos de ninguna forma medible. Porque es ley: si no retribuye o no reditúa, no vale la pena hacerlo. Dedicar horas de trabajo a un proyecto de estas características resulta, para muchos, un misterio a descifrar.
La mudanza de la bitácora ocurrió por motivos económicos y técnicos. Fue desde un servicio pago de hosting y web hacia uno gratuito. Pasé a gastar dieciséis veces menos dinero que antes, apenas el pago del dominio, pero muchísimo más tiempo frente a la pecé.
Apropiarme de conocimientos técnicos sobre montaje web, descubrir formas sencillas de plasmar una idea y gestionar recursos gratuitos me hubiera resultado mucho más difícil sin la ayuda de la iA. Aunque estos bichitos exigen control y monitoreo constante, porque cometen errores y carecen de contexto en tareas particulares o persistentes en el tiempo, son de enorme utilidad.
En estas condiciones, cualquier pretenciosidad editorial provoca una risa más tierna que admirativa.

Esto no significa que la corriente DIY (Do It Yourself), lo artesanal y lo autogestivo, no pueda profesionalizarse y alcanzar estándares de calidad que nada tengan que envidiar a la producción industrial altamente tecnificada. En el caso de los bienes culturales, tampoco la calidad del contenido se devalúa por expresarse mediante modelos productivos autogestivos. Lo apunto apenas como salvedad: la discusión sobre este tema está bastante curtida.
El proyecto
Hormiguear no viene a garantizar calidad editorial ni excelencia de contenido. No apunta a eso. Apenas intenta superarse como contenedor de documentos, información y mínimas ideas políticas, entre otros objetos perdidos.
Es una pieza comunicacional que no surge de la planificación: su programación es tardía. Otro simple intento de inscribir algo.
Es la extensión de una comunicación política que todavía sucede en pasillos, oficinas, mensajerías digitales, correos electrónicos, redes sociales y otros canales. Una comunicación espontánea, sin registro, que evita volverse demasiado pública para no servir como insumo político y que, al mismo tiempo, se avergüenza de ser apenas un balbuceo entre pocos. Una palabra decididamente volátil, reacia a la crítica ajena. Expresiones que resisten organizarse hasta convertirse en discurso. Una comunicación que no quiere inscribirse en la historia, mucho menos escribirla. Por eso es privada y ágrafa. Al menos hasta este intento.
La superación del mero contenedor de archivos o fichero informacional comenzó cuando me propuse plasmar, reflejar y traducir esas conversaciones de pasillo. Lo digo sin vergüenza ni demagogia: las conversaciones políticas nodocentes tienen valor y merecen alcanzar la superficie pública.
Es cierto que la desarticulación de espacios de deliberación, debate y organización desplazó las prácticas sindicales hacia los márgenes y las naturalizó en ese hábitat. Tan cierto como el motivo: tenemos algo para decir y aportar. Si no fuéramos un sujeto político potente, no nos habrían exiliado. O peor, domesticado.
Aunque no existe pieza comunicacional capaz de remediar esa situación, extender el discurso político de pasillo hacia la mayor cantidad posible de nodocentes, e incluso hacia toda la comunidad universitaria, permite evidenciar que la palabra sigue viva y encuentra gemelas en otros pasadizos institucionales.
Editorial
El proyecto se define por las conversaciones cotidianas de la Universidad Nacional de Misiones, específicamente en el plano político y sindical nodocente, aunque a veces se desborde.
El estilo predominantemente personalista no es caprichoso. La intención no es ofrecer análisis certeros, escrutinios rigurosos ni interpretaciones definitivas, sino producir algo cuestionable, revisable y matizable. Se evita la comunicación con aire «profesionalista» para dejar lugar a la crítica después de la lectura. Por eso, tono, vocabulario y escritura están lejos tanto de la solemnidad periodística como de la nobleza de la crónica.
Rasguñando lo que alguna vez llamé ensayistería, Hormiguear no mira con demasiado interés la veracidad: se expone atolondradamente para someterse al desacuerdo y al rechazo. Lectura, risa y discrepancia son el propósito de todo esto.

Banco de trabajo
Hormiguear es una web estática. Eso la vuelve más segura y ligera para el usuario. Escrita en HTML y CSS, sin complementos ni procesos externos, la relación con el servidor es directa, limpia y universal. Como contraparte, excluye procesamiento de bases de datos, formularios complejos, elementos interactivos y recopilación de información personal.
La certificación SSL utilizada es ampliamente aceptada por los navegadores modernos. Estas propiedades convierten a las páginas estáticas en estructuras accesibles, livianas y rápidas para cualquier dispositivo, independientemente de la calidad de conexión.
Gestar, blindar y desplegar Hormiguear implicó una arquitectura técnica relativamente sencilla.
La creación se apoya en Hugo y Publii, generadores de sitios estáticos de código abierto que garantizan soberanía sobre el código local. La entrega y la seguridad dependen, sin embargo, de la infraestructura de los gigantes del valle: GitHub, subsidiaria de Microsoft, para el alojamiento y control de versiones; y Cloudflare como nodo de seguridad y proxy.
Habitar el latifundio digital de las big tech es una condena limitada que exige mantener una relación feudal cuya única «gracia» consiste en la gratuidad monetaria del soporte.
En el plano productivo, la soberanía local reclama un tributo en hardware y disciplina. Para garantizar portabilidad, es decir, capacidad de edición desde cualquier coordenada al estilo Blogger, WordPress, Wix o Joomla, la estación de trabajo debe ser una terminal configurada y provista del software adecuado. Aunque este despliegue resulta relativamente sencillo frente a la obesidad de los sistemas convencionales de gestión web, demanda instancias particulares de instalación y sincronización.
Operar este ecosistema exige un umbral mínimo de competencia técnica. Mientras Publii ofrece una interfaz gráfica para edición y gestión básica, Hugo permite el ajuste fino de la estructura y renderizados extremadamente veloces incluso en condiciones adversas. Sin embargo, este último se opera desde terminal mediante código, ahí donde el error no perdona y la eficiencia es ley. Es el peor escenario para descubrir cuánto se subestima la tiranía de la sintaxis.

A pesar de lo aprendido, mi umbral en esta Torre de Babel sigue siendo estrecho. Pero ahí también caben las iA como traductoras didácticas de mi bereber.
Lejos de construir sin problemas, el uso de estas inteligencias artificiales también implicó aprender mecanismos de trabajo, capas de instrucciones, canales específicos para ciertas tareas y lógicas de error: alucinaciones, fallas de interpretación y sesgos de contexto.
Entre los errores más difíciles de detectar aparecen las suturas que las iA producen frente a la falta de contexto. Su enunciación siempre asertiva genera un efecto de verdad que, si te agarra desprevenido o demasiado flaco de conocimiento, puede convencerte de cualquier cosa. Una maña muy arraigada por la imbecilidad de época, por eso merece total alerta.
A pesar de todas estas vueltas, Hormiguear se volvió posible.
Diseño
Copiar el código fuente de Hormigueo para mudarlo a Hormiguear fue la mejor opción para salvar algo y evitar reconstruir el sitio desde cero, especialmente la diagramación. Suena a golazo táctico, pero también fue una desgracia. El servicio web que había contratado no ofrecía respaldo ni descarga de contenido.
Los servicios y softwares privativos poseen puntos ciegos en su estructura y procesos externos inaccesibles al Ctrl+C del usuario. En el caso de Hormiguear apenas pude recuperar propiedades tipográficas y algunas guías de diagramación.
Los sitios comerciales poseen herramientas y estructuras propias: editores, soporte, bases de datos y características privadas. Nada de eso es realmente transferible. Sin embargo, las decisiones tipográficas, espaciales y la incrustación artesanal de elementos paratextuales sí pueden rescatarse.
Forma y almacenamiento no pertenecen del todo al creador, sino al soporte. No todos los servicios operan así, pero es una práctica bastante extendida: no somos propietarios de la música, las películas, los correos electrónicos ni las redes sociales que pagamos; apenas somos usuarios.
Hormiguear se montó sobre una plantilla originalmente pensada para portfolios gráficos, fotografía y arte. Elegí ese tipo de maqueta porque se organiza en grilla y ofrece un cuerpo amplio. Tiene una generosidad espacial sin recovecos informativos ni secciones complementarias heterogéneas, como suelen presentar las plantillas de sitios textuales, periodísticos o literarios.
La estructuración simétrica de las entradas propicia un buen pantallazo general del sitio con apenas medio scroll en pecé. El cuerpo robusto de la plantilla permite una página principal generosa y amplitud de maniobra en las páginas de publicación.
Las principales modificaciones del layout se concentraron en la grilla de portada y en las páginas de la bitácora. El resto quedó estructuralmente casi intacto.
En la portada se redujo el espacio destinado a la gráfica y el tamaño de las celdas para multiplicar la exposición de entradas: de una grilla 2x2 a una 3x3 en menos espacio. En las páginas de publicación, la adaptación siguió la misma lógica: reemplazar la diagramación expositiva original por un lienzo para tirar texto.
La plantilla virgen poseía un ancho generoso porque estaba pensada para dos columnas de imágenes grandes acompañadas por pequeñas cajas descriptivas. Para publicaciones textuales solo necesitaba una columna, así que establecí márgenes laterales amplios.

Las imágenes, aunque secundarias, son importantes en este tipo de contenidos. Trascienden la ilustración para convertirse en elementos testimoniales, pruebas o certificaciones documentales. Funcionan como complemento relevante para expresar ideas en un escenario de desconfianza y veracidad devaluada, especialmente cuando el producto no proviene de una autoridad política o académica.
Las imágenes individuales incrustadas en el cuerpo de texto son flotantes y cuentan con zoom mediante clic o tap. La implementación busca ocupar el menor espacio posible sin inutilizarlas.
También existe la galería nativa de la plantilla, aunque modificada: una grilla de celdas reducidas y multiplicadas. Solo se utiliza para registros gráficos significativos y suele ubicarse al final del posteo.
Las series de imágenes cuentan además con una grilla específica para intercalarse entre párrafos o subtítulos, con un estilo desordenado, casi de papelerío. Igual que la galería, utiliza miniaturas pequeñas visibles en detalle únicamente mediante clic o tap.

En dispositivos móviles estos paratextos se adaptan: tanto comentarios como llamadas permanecen ocultos y se activan mediante tap. La diagramación cambia significativamente por razones obvias. Si los bloques no se organizaran de manera secuencial y vertical, la página sería directamente intratable.

El botón de subida permanece prácticamente igual entre dispositivos. En móviles, el reproductor se reduce a un botón de reproducción y pausa, mientras que el menú se repliega en la hamburguesa clásica de tres líneas.
El reproductor de audio se implementó porque varios compas señalaron que leer textos más o menos largos sobre cuestiones que no son precisamente las más felices no es algo que a todos «les guste». Asumo que leer textos que no provienen de una autoridad de la letra (o la que sea) representa un desafío, especialmente en tiempos donde todo da igual porque nada parece valer más que las propias autoconvicciones. De cualquier manera, esa actitud es apenas una pequeñez frente a los condicionamientos actuales para la lectura y la escritura: tiempos, recursos, soportes, hábitos y condiciones materiales cada vez más adversas.
Entonces, generé versiones narradas de los textos para mejorar la accesibilidad al contenido. Es, probablemente, uno de los aspectos más desatendidos de la web. Fascinante civilización, implementa inteligencia artificial antes que garantizar condiciones básicas de accesibilidad: habilidad lectora, calidad editorial, disposición de medios adecuados y escenarios mínimamente favorables para leer, escribir y pensar sin fragmentarse cada treinta segundos.
El recurso que más utilizo para generar los audios es el motor TTS de Microsoft Edge porque no limita la extensión del texto en su versión gratuita. Más recientemente, comencé a experimentar con otras herramientas de mejor calidad generativa para producir una voz «más humana», aunque suelen estar muy limitadas en los minutos de lectura disponibles. La clonación de mi voz sigue en una fase experimental y de entrenamiento, pero no es algo que resulte especialmente estimulante ni relevante para Hormiguear.
Estética
La paleta cromática es simple y de alto contraste, con una combinación clásica de cartelería política: negro, rojo y blanco como predominantes. Entre las variantes aparecen bordó para títulos y enlaces, rosa viejo en comentarios y llamadas, marfil cálido el fondo de lectura, reduciendo el exceso de azules de pantalla, y grises apenas perceptibles en marginalia y líneas divisorias.
La cuota colorinche llega mediante las imágenes complementarias de las publicaciones, especialmente las portadas. Predominan los collages, a veces hechos con iA y otras artesanalmente, aunque casi siempre tendiendo hacia lo kitsch y, en ocasiones, hacia lo grotesco. No existe pretensión artística ni nada parecido. Apenas representar el contenido con honestidad. Un pastiche.
También se cuelan algunas marcas disonantes, como cierta gráfica steampunk, detalles en neón y coloridos bloques especiales de texto. Ese modo de producción híbrido, entre lo artesanal y lo artificial, entre lo analógico y lo digital, sugiere una mecánica de combustión con ribetes tecnológicos que todavía conserva algo futurista para mi comprensión de aficionado digital.
Tipografía
En contra de cierto costumbrismo editorial, no hay combinaciones entre serif y sans serif para jerarquizar o matizar. Todo el sistema tipográfico trabaja sobre sans serif. Todo sin.
El pasquín lleva letras cartelistas. Casi el brutalismo de un afiche callejero.
Sin descartar Google Fonts, busqué alejarme un poco del estándar tipográfico más reconocible de la web. Todas las fuentes elegidas son abiertas, libres y gratuitas, así que tampoco escapé demasiado del ecosistema dominante.
La lectura digital transita predominantemente sobre sans serif. Lo más frecuente es encontrar tipografías humanistas, similares a Open Sans o Lato, y algunas pocas serifadas como Times o Garamond.
Más allá del contenido, en pantalla crece la tendencia hacia las geométricas y neutras antes que hacia las humanistas clásicas. En casi todos los casos domina la suavidad de curvas y un interletrado equilibrado. Personalmente descarté las serifas porque arrastran cierta solemnidad heredada de los libros densos y analógicos. No es un sitio para remates cálidos.

Los títulos principales utilizan Inter en pesos relativamente altos y con interletrado mínimo. Eficiente y formal. Imponente sin resultar intimidatoria.
Ambas fuentes nacieron para entornos digitales, con excelente comportamiento de renderizado y hinting en distintos navegadores y pantallas. En el caso de Inter, además, la variedad de pesos permite jerarquizar subtítulos e improvisar titulillos en pesos thin sin romper legibilidad ni convertir el renderizado en un tetris de píxeles.
El contraste llega con la tipografía del cuerpo de texto. Otra dimensión cuestionable, además del contenido.
Primero, un capricho: Hormiguear prioriza la longitud de línea antes que casi cualquier otra cosa. Los teléfonos celulares, dispositivos originalmente pensados para llamadas y mensajes, nos acostumbraron lentamente a leer líneas extremadamente cortas. No se trata de conservadurismo analógico, sino de darle tiempo de recorrido al ojo y espacio suficiente a un enunciado completo antes del salto de renglón.
Aunque la caja de texto es holgada, integrar imágenes y bloques de comentarios limita el ancho disponible. La solución fue incrustar miniaturas controladas mediante tap y zoom: aproximadamente 220 px para imágenes y 265 px para comentarios laterales. Así, Hormiguear intenta sostener líneas de entre 62 y 82 caracteres en pecé, y entre 35 y 52 en celulares.
Digo «intenta» porque los motores de renderizado de los navegadores tienen sus propias reglas visuales, difíciles de pisar completamente desde el código fuente. A eso se suma la variedad de pantallas, viewports y APIs. Después de pelear un tiempo con Blink, WebKit y Gecko, uno termina cediendo parcialmente a los criterios de accesibilidad establecidos como óptimos.
La fuente elegida para el cuerpo del texto fue una grotesca moderna y condensada. Dentro de la familia TeX Gyre apareció Heros, derivada de Nimbus Sans y compatible métricamente con Helvetica.
Todavía conserva algo de los tipos móviles de plomo. No lo digo por romanticismo, sino por la rigidez estructural que imprime en el viewport y por su disciplina visual. Funciona con un tracking decididamente compacto que permite sostener líneas extensas de lectura en pecé. Es mucho decir que no puede esconder su linaje germano, digamos que responde al estereotipo prusiano.

A primera vista, esta sans serif remite más a tipografías titulares como Bebas o Archivo Narrow que a Arial o Verdana, todavía fundamentales como vehículos neutros de lectura web. Hormiguear establece un tamaño mayor a la media convencional, si bien está definido en rem para lograr adaptabilidad y no existe equivalencia precisa en puntos, en viewports de pecé la Heros se presenta rondando los 19 px, un aproximado a 14 pt.
Su condición condensada sugiere desplegarse en espacios breves como la señalética industrial y paneles urbanos informativos. Es tan legible como racional, parece anticipar siempre indicaciones o mensajes cortos y certeros, por eso en los textos largos puede desconcertar la lectura. Eso sí, si hay punch lines funciona como un cross a la quijada.
De todas maneras, buena parte del formateo tipográfico termina quedando en manos del navegador: tamaños, silabación, viudas, huérfanas y criterios de legibilidad se negocian constantemente con motores de renderizado y reglas de adaptabilidad.
Lo mismo ocurre con la responsividad del sitio. Después de todo el esfuerzo por ordenar y resolver disposiciones, las pantallas angostas obligan a apilar bloques y simplificar relaciones visuales, especialmente en celulares.
Al fin y al cabo, la versión «más fiel» es la vista en navegadores de escritorio.
Quizás la única victoria editorial posible sea sostener ciertas marcas reconocibles entre diseño y contenido. Que, aun deformado por navegadores, dispositivos y plataformas, Hormiguear conserve una voz propia. Algo de estilo.

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