Marcha agosto
Notas sueltas. Acá no hay pretenciosidad de historia ni de ensayo político. Cada cuál podrá indagar la historia reciente y la propia memoria. Eso espero.

Un nuevo aniversario de aquella última gran marcha universitaria contra el gobierno de Cambiemos, la que salió a la calle para denunciar el ajuste perpetrado por el trinomio Sturzenegger, Caputo y Bullrich; los mismos nombres que hoy engordan y dirigen la motosierra de La Libertad Avanza.
En Misiones, la jornada del 30 de agosto de 2018 tuvo un doble escenario. Por un lado, la movilización genuina del activismo, los estudiantes y el sindicalismo de base en defensa de la educación pública. Por el otro, el reacomodamiento escénico de la burocracia sindical y el progresismo local, justo cuando el tufo electoral de 2019 prometía tiempos de bonanza.
El ajuste macrista sobre las universidades fue constante y sonante. Sin embargo, durante casi toda esa gestión, las conducciones sindicales y rectorales prefirieron discutir las formas antes que el fondo: el humor social, la imagen que «la gente» tenía de las instituciones y la conveniencia del piquete, la huelga o la marcha.
Aquel 30 de agosto encontró al activismo desgastado por la especulación gremial. Hacía rato que las esferas superiores de la organización habían dejado de responder a las necesidades de la clase trabajadora para dedicarse a garantizar gobernabilidad a los gobiernos de turno. El progresismo sintetizó ese estilo: un ajuste con rostro humano, televisado y administrado, que empobrece sin alterar los modales.
El verdadero motor de aquella movilización, en la recta final de Cambiemos, fue la proximidad de las urnas. No solo revitalizó al aparato sindical, sino que también le devolvió la voz a referentes universitarios nac&pop que, de repente, encontraron fuerzas para «resistir». Con casi tres años de caída presupuestaria a cuestas, Convergencia Universitaria en la UNaM ensayaba explicaciones sobre las falencias de su gestión mientras le deslizaba a la comunidad un pase de factura directo: en 2019 voten bien.
Capítulo aparte merece el ajuste presupuestario de la universidad pública bajo las últimas gestiones federales, que dibuja la curva perfecta del estrangulamiento. Lo que con Mauricio Macri arrancó como un ahogo metódico por subejecución y devaluación, mutó durante el mandato de Alberto Fernández en una ficción paritaria: la inflación devoraba los salarios por izquierda mientras el discurso oficial edulcoraba el vaciamiento estructural. Con Javier Milei se terminaron los disimulos y el ajuste en educación pasó a ser una política de Estado: prórrogas presupuestarias a valores de remate histórico, licuación salvaje de la grilla salarial docente y nodocente, y la amenaza abierta de apagar las llaves de paso operativas. Del ajuste sigiloso a la ejecución a cielo abierto.
Así ganó Alberto Fernández. Entre la pandemia, la deuda externa y la crisis internacional, la gestión del Frente de Todos no corrigió el rumbo del ajuste universitario, aunque haya inyectado algún ánimo. Mientras el macrismo subejecutaba un presupuesto achicado, Fernández enviaba partidas de auxilio discrecionales para reforzar ese mismo presupuesto; el mismísimo presupuesto con el que después se encontró Javier Milei.
Al gobierno universitario misionero todo le resbaló. Siguió administrando el ahogamiento, estrangulando los recursos y gobernando a la marchanta.
El progresismo volvió a perder la fuerza para combatir el ajuste, refugiado en la congoja pospandemia y en las excusas de la decadencia económica generalizada. Lo único positivo fue que nos ahorró las performances de lucha con guiones abstractos de quienes jamás quisieron confrontar con el problema ni con la cadena de nombres propios que lo sostenía.
Algo de todo esto se repite en este preciso instante. El peronismo, que pasó toda la gestión de Milei discutiendo su interna; la burocracia sindical cegetista, que sigue sin plantarse; y los sectores nac&pop, paralizados por la angustia, ya empiezan a redactar el «programa que hace falta», a rosquear «sin banderas por la unidad de un frente total» y a ensalzar el perfil «moderado y dialoguista» de la dirigencia, sea universitaria, provincial o nacional.
Es indispensable entender cómo funciona un ajuste y quiénes lo ejecutan. Si la memoria reciente no alcanza para reaccionar, sigamos fingiendo demencia hasta volver a ver una urna y soñar, otra vez, que hicimos lo suficiente para defender el sistema universitario y nuestro propio trabajo. Ante el fracaso y la cobardía, nunca viene mal un «elijo creer».





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