Ocio y soccer

Cada día es más difícil ser nacionalista, pero igual se disfruta del fútbol. Ebook gratis y un disco para precalentar el partido con Inglaterra.

La llave del Mundial 2026 nos vuelve a colocar frente a un espejo histórico. Lo primero que vemos es patriotería y racismo. La porquería de siempre.

Argentina juega esta tarde una semifinal contra Inglaterra que, inevitablemente, nos hace decir «espejito, espejito» frente a cualquier charco de agua puerca. Así vuelven los fantasmas del pasado y, con cada conjuro, se hace carne un Casper argento.

Lo que debería ser una oportunidad para politizar los acontecimientos afinando ideas termina siendo una gresca de trazo grueso. Ambas cosas valen la pena, según el contexto, pero es una torpeza si una reemplaza a la otra.

En los bares, las redes y el sentido común nacionalista el guion ya está escrito: Malvinas, el Diegol del 86, la mano de D10S, canciones sobre robarle al ladrón y un cóctel de emociones.

Aunque aparecen Thatcher, Galtieri, el Belgrano hundido y el provecho político que ambos gobiernos sacaron de la guerra, el chovinismo siempre encuentra la forma de colarse.

Si vamos a desempolvar ideas pequeñoburguesas, por lo menos intentemos sumar algo más.

Durante la pausa de hidratación confío en que podremos distinguir una guerra de un fulbito; soldados de deportistas; gobiernos de pueblos. Lo escribo en voz alta porque, mientras se tararea los pibes de Malvinas que jamás olvidaré, el nacionalismo tilingo siempre quiere sacar pecho.

Más difícil es reconocer qué nos acerca a los ingleses. No hablo de fraternidad ni de tasas de alcoholismo y depresión. La guerra de Malvinas, el colonialismo británico y las decisiones de ambos gobiernos suelen reducirse a consignas que en la tribuna futbolera pueden tolerarse. En la tribuna social no.

Fuera de la Inglaterra de la Corona y las corporaciones existió, y existe, otra: la de las barriadas mineras, la resistencia obrera y el rechazo a las aventuras imperiales. Fuera de la Argentina de los milicos, la «gente de bien» y las corporaciones existió, y existe, otra: la de los desaparecidos, las Madres, la resistencia obrera y el rechazo a los gobiernos conservadores y entreguistas.

1982Mientras en el Atlántico Sur una dictadura decadente y el gobierno conservador de Thatcher empujaban una guerra, en el Reino Unido se libraba otra batalla contra el ajuste y el desmantelamiento del Estado de Bienestar. Thatcher llamó «enemigo interno» al movimiento obrero, igual que la Junta Militar demonizando al sindicalismo. Trabajadores de Yorkshire, Gales y Escocia padecieron represión, exclusión y difamación, como tantos sectores populares latinoamericanos.

Más allá de la distancia del charco Atlántico, los ingleses fueron forreados igual que la clase obrera sudaca. La misma que hoy resiste a gobiernos de ultraderecha mientras Argentina deja a Milei entregar el mejor país del mundo a capitales extranjeros. En 1976 los patriotas dijeron «algo habrán hecho»; en 2023, «hay que darle tiempo»; en 2026 dicen «hay que votar bien en 2027». Dejar hacer, dejar pasar es el espíritu de este nacionalismo.

El relato británico celebró la guerra como una gesta de unidad nacional. Argentina gritaba «ganamos» mientras el Estado mataba de hambre a sus soldados. Sobre la pobreza planificada por Martínez de Hoz y el terrorismo de Estado, la guerra buscó lavar la conciencia social que no pudo callar el sonido de las picanas con los festejos de la copa mundial del 78.

Grandes mentiras que sobreviven cuando se adopta como propia la batalla entre dos gobiernos empeñados en hambrear a sus pueblos.

Las Malvinas son argentinas. La guerra fue una mierda. Pero no fue la guerra del pueblo. Fue funcional a proyectos neoliberales e imperiales. Como acá, una parte del sindicalismo británico y la izquierda denunció desde el primer día aquella carnicería, aunque no alcanzó para torcer el destino tory.

Está claro: el imperialismo no tiene banderas; las usa cuando ocupa un territorio. El problema no es entre ingleses y argentinos, sino entre clases sociales bajo un determinado modelo económico y político.

En el fútbol se condensan la épica, la tragedia, la pertenencia, la alegría y la furia. Está habilitado disputar el sentido de la historia y gritar los goles hasta el desmayo; o ponerse del orto y derrapar a los llantos o las piñas. Que el entrevero no nos quite la lucidez.

En esa cancha jugarán hijos y nietos de trabajadores, incluso de excolonias; compiten dos países que llevan su fútbol desde los barrios a las grandes ligas, sea desde los monoblocks o las council estates. En las tribunas inglesas cantan contra los tories y recuerdan a sus muertos por violencia estatal.

Esta perspectiva no enfría la pasión futbolera. Al contrario: permite disfrutar un deporte popular, patrimonio de la alegría marginal, aunque lo agobie el marketing.

Dejemos que las emociones salgan, pero sepamos que la clase trabajadora juega al fútbol, disfruta del espectáculo y puede identificar una historia común al margen de sus gobiernos. Ahí es cuando, sin importar la camiseta, siempre debe patear para el mismo lado contra el verdadero enemigo internacional.

Hay un pilón de películas y documentales sobre todo lo dicho, como para darle algo de contenido de calidad al asunto; pueden buscar, no le van a errar.

Yo prefiero recomendar el libro La otra guerra. Una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas publicado en la colección Cuadernos de Anagrama (2021). Leila Guerriero narra el proceso de identificación de los soldados argentinos caídos en Malvinas. En la posguerra, saber dónde estaban los cadáveres y quiénes eran los pibes de Malvinas que jamás olvidaré no fue nada fácil. Entre tantos matices, la predisposición del gobierno inglés, el laburo fraternal de un soldado y la desidia del Estado argentino desde Alfonsín hasta CFK. Libro breve, preciso y necesario.

Descargar La otra guerra

También vale escuchar la banda británica de pospunk IDLES y su disco Joy as an act of resistance (2018). Lo agrego solo porque me gusta: producción cultural inglesa progresista y volcada a la izquierda hay de sobra, ayer, hoy y mañana.

Dejo abajo un video alusivo con una traducción muy poco profesional.

Joy as an Act of Resistance

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